Resumen: Hemos negado la vida, dice Nietzsche. En el origen de nuestra cultura, tanto en el cristianismo como en el optimismo ilustrado y racionalista, personificado por primera vez en la figura de Sócrates, hay una negación. Esta negación, como se desarrolla en el cuerpo del trabajo, no es una negación simple. Por otra parte, parece inscrita en lo más profundo de la psicología humana. Tras la negación de la vida, para hacerla soportable, se erigen los valores supremos, que la hacen inteligible y la justifican. Sin embargo, al ser fruto de la negación del insoportable devenir de la existencia, y este devenir de la existencia lo único «verdaderamente real», estos valores no son sino una ilusión. Por tanto, como les sucede a las verdades, terminan por perder su troquelado: se vacían, se vuelven inútiles; muerte de Dios. Terminan por dejar un panorama desolador, sin sentido, en el que no tenemos nada a que atenernos. No obstante, este panorama no es más que el revelado de la ilusión: el nihilismo de la negación en el origen se hace síntoma. Con ello, posibilita su genealogía (que lo revela como movimiento de la historia universal), así como su crítica y contramovimiento: la afirmación de la vida. En las últimas partes del presente trabajo se enfrenta la concepción nietzscheana del nihilismo con la de otros autores, haciendo especial hincapié en la de Max Weber, sobre todo en lo relativo a la superación del problema. Finalmente, veremos que no toca fondo, sino que nuestra era está profundamente marcada: vivimos Tiempos nihilistas. Por eso, necesitamos respuestas concretas, que no se confundan con el enemigo, y que lejos de dar la espalda a los valores por haberse vuelto instrumentalizables, los abracen, como la única forma de entender verdaderamente la situación y apuntar a la superación del nihilismo.