Resumen: La llegada de los Borbones al trono español en el siglo XVIII y su tendencia a la centralización del Estado, supusieron un ataque a las provincias vascas y Navarras, que poseían unos derechos privativos desde la Edad Media, los fueros. Desde la Edad Moderna se fue formando un culto en torno a la foralidad en estas provincias apoyado en la narración de relatos histórico-legendarios destinados a justificar y defender la presencia de dichos derechos históricos en estos territorios, y que alcanzaría su auge en el siglo XIX. La Revolución Francesa y la entrada de las ideas liberales desde el país vecino supusieron un aumento de los ataques a las particularidades propias de estos territorios, que pasaron de suponer una amenaza sólo para los fueros, a amenazar el sistema de valores y el orden tradicional que estaba asentado en las provincias del norte. Las guerras carlistas, que enfrentaron a dos bandos, uno mayoritariamente vasco-navarro y otro que no lo era, ayudaron a fortalecer esta conciencia diferencial que se estaba formando en estos territorios y ayudando a formar la identidad vasca durante este siglo. La Ley de 21 de julio de 1876 supuso un punto y aparte en esta dialéctica entre el Gobierno Central y las instituciones de las provincias forales, que si hasta ahora habían hecho gala de un vasquismo que caminaba parejo a su españolismo, dicha ley abrió un período en el que se cuestionó el patriotismo español de los habitantes de dichas provincias y la antigua oposición liberalismo-carlismo acabó por convertirse en un conflicto entre españolismo y vasquismo. En este contexto apareció Sabino Arana en la última década del siglo XIX, para formular su ideología, el nacionalismo vasco, un nacionalismo periférico de carácter agresivo, ultracatólico y antiespañol apoyado en cuatro pilares fundamentales que diferenciaban al pueblo vasco del español: la raza, la lengua, la historia y la religión.