Resumen: El presente trabajo trata de exponer el concepto de phýsis en el pensamiento griego, principalmente, a partir de la lectura de los dos primeros libros de la Física aristotélica, así como defender que la suya no es una investigación óntica, sino ontológica. Las ideas expuestas en los libros I y II de la Física son tan elementales e intrínsecas a nuestra manera de mirar el mundo que bien pueden mirarse como libros fundamentales de metafísica. Términos como arkhé o aitíon, que serán convenientemente estudiados, quieren decir “aquello que forma parte del hecho de que cierta cosa sea”. Todo el recorrido por la problemática de los principios en la Física hace de ésta la pregunta por los puntos de vista bajo los cuales algo es situado necesariamente por el mero hecho de que ello se reconozca como presente, por el mero hecho de que podamos decir que es. Esos principios, ni por sí solos ni junto a otros explican o generan la cosa, ni son ellos mismos cosa, sino que, por el contrario, únicamente tienen lugar en cuanto que la cosa es, y su mención solo queda justificada en el marco de la pregunta “¿en qué consiste que la cosa sea?”. La mención de principios, por tanto, no resuelve cuestión alguna de contenido. Defendemos que la de la Física es, por tanto, una investigación ontológica, si bien la suya es una ontología particular, una ontología del límite: no responde a la pregunta por el ser en general, sino por el ser de las cosas que moran por debajo de la esfera de la luna. Cabe asimismo destacar que, en la ontología aristotélica, phýsis no se opone a nómos, como lo hará en el mundo moderno, sino a tékhne y a týche. Estos términos nombran distintos ámbitos de lo ente que quedan definidos por sus diferentes modos de ser. Para definir el carácter ontológico de la noción de phýsis, será decisivo comprender el concepto de “límite” en el pensamiento griego, fundamentalmente, a partir de la polémica de Aristóteles con Meliso, pero también a partir de la conexión entre la cuestión del télos y del eîdos. Por último, nos ocuparemos de la cuestión del motor inmóvil, como la forma en la que Aristóteles detiene la cadena de las causas, su forma de refutar el infinito, que ya había aparecido con Zenón y con Meliso.